miércoles, 8 de julio de 2009

EL DIA MUNDIAL DE LA POBLACION

El Día Mundial de la Población, que se celebra cada 11 de julio desde 1989, fue instituido precisamente con ese objetivo, con motivo de que el 11 de julio de 1987 la población mundial había alcanzado los cinco mil millones de habitantes. Ese mismo año 1987, la Comisión Mundial del Medio Ambiente y del Desarrollo (CMMAD) alertó, en Nuestro futuro común, de las consecuencias del rápido crecimiento de la población: “En muchas partes del mundo, la población crece según tasas que los recursos ambientales disponibles no pueden sostener, tasas que están sobrepasando todas las expectativas razonables de mejora en materia de vivienda, atención médica, seguridad alimentaria o suministro de energía”.

lunes, 10 de marzo de 2008

Los biocombustibles pueden contribuir a provocar hambrunas

Hace 1 día

LONDRES (AFP) — El debate sobre los biocombustibles como el etanol, fabricado a partir de la caña de azúcar, arreció en Gran Bretaña a raíz de que el principal asesor científico del Gobierno afirmara que representan una amenaza para la producción de alimentos y un peligro para la vida de millones de personas en el mundo.

La acelerada carrera hacia los biocombustibles desatada en muchos países, entre ellos Brasil, significa que cada vez habrá más tierra cultivable utilizada para la producción de biocombustibles en vez de alimentos, advirtió John Beddington.

El experto, que es el principal asesor para temas científicos del gobierno de Gordon Brown, dejó claro que la creciente prioridad dada a los biocombustibles, justo en momentos en que la demanda de víveres ha crecido fuertemente en el mundo, particularmente en los gigantes asiáticos, China e India, tiene un impacto negativo en la producción de alimentos.

En su primer discurso público importante desde su nombramiento al cargo de asesor científico del Gobierno, Beddington resaltó que los biocombustibles representan por ello un verdadero peligro para la vida de millones de personas en el planeta.

Al lanzar esa advertencia, Beddington entró en conflicto con el gobierno de Brown, que se ha comprometido a aumentar el uso de biocombustibles en las próximas décadas.

El señalamiento del principal asesor científico del Reino Unido acerca del riesgo de una crisis alimentaria en los próximos años se produjo al mismo tiempo que la directora ejecutiva del Programa Mundial de Alimentos de la ONU, Josette Sheeran, subrayara que las reservas mundiales de alimentos estaban en sus niveles más bajos en 30 años.

Sheeran culpó de la situación al incremento de los precios de los combustibles y de las materias primas agrícolas, así como a los efectos derivados del cambio climático y la demanda por los biocombustibles.

La alta funcionaria de la ONU admitió que no se perfila una solución rápida al alza en los precios de los alimentos y de los combustibles, por lo que los precios de los alimentos se mantendrán altos por lo menos por los próximos dos años.

Los Gobiernos necesitan "estudiar y pensar con más cuidado respecto al vínculo entre la aceleración en la producción de biocombustibles y el suministro de alimentos", afirmó Sheeran, señalando también que la demanda de cereales para biocombustibles acelera la inflación.

Tanto Sheeran como Beddington lanzaron urgentes llamados a políticos, científicos y los agricultores a buscar alternativas para evitar el riesgo de una crisis alimentaria en los años venideros.

"Es muy difícil imaginarse cómo el mundo va a poder producir suficientes cosechas para generar energía renovable y satisfacer al mismo tiempo la enorme necesidad de alimentos", recalcó Beddington, que denunció también la destrucción de los bosques tropicales para cultivar biocombustibles.

El debate sobre los biocombustibles arreció en momentos en que los precios de muchos alimentos se dispararon el año pasado, lo que ha sido atribuido en parte por los expertos a la creciente demanda por cultivos capaces de producir biocombustibles, como el aceite de palma.

miércoles, 13 de febrero de 2008

Los transgénicos aumentan el uso de pesticidas

Los transgénicos aumentan el uso de pesticidas y no ayudan a combatir el hambre ni la pobreza, según Amigos de la Tierra
MADRID, 13 (EUROPA PRESS)

Los trangénicos incrementan el uso de pesticidas y no ayudan a combatir el hambre ni la pobreza, según un nuevo informe de la organización ecologista Amigos de la Tierra, presentado simultáneamente en Madrid, Bruselas (Bélgica), Kuala Lumpur (Malasia) y Lagos (Nigeria).

"Los cultivos transgénicos han fracasado al no aportar los grandes beneficios prometidos. En su lugar, nos encontramos con que el incremento en el uso de pesticidas provocado por estos cultivos suponen una amenaza para el medio ambiente y la población a escala global", señala en un comunicado el responsable de agricultura de la organización, David Sánchez.

Asimismo, el coordinador de la campaña de transgénicos de Amigos de la Tierra Internacional en Nigeria, Nnimmo Bassey, critica que la industria de los Organismos Modificados Genéticamente (OMG) dice a los africanos que necesitan cultivos transgénicos para afrontar las necesidades alimenticias de la población, cuando la mayoría de esos cultivos se utilizan para alimentación animal en los países ricos o para la producción de agrocombustibles.

Mientras, la coordinadora en Europa de esta campaña, Helen Holder, subraya que la UE hace bien en abordar los cultivos transgénicos con precaución. "Cada vez hay más evidencias de que en todo el mundo los métodos agrícolas más sostenibles proporcionan soluciones reales, al tiempo que desarrollan las economías locales y crean empleo en el medio rural", indica.

Según este nuevo informe, la introducción de los cultivos transgénicos ha provocado un aumento significativo en el uso de pesticidas. Por ejemplo, estudios del Gobierno estadounidense muetran un uso 15 veces superior del herbicida RoundUp (glifosato) entre 1994 y 2005 y otro del Gobierno de Brasil, un aumento de casi un 80 por ciento entre 2000 y 2004. Como resultado, aparecen cada vez más hierbas adventicias (o malas hierbas) resistentes al glifosato en todo el mundo, lo que provoca un incremento en los costes de producción de los campesinos y graves impactos ambientales.

Asimismo, el estudio recalca que los cultivos transgénicos no solucionan los problemas de hambre o pobreza, ya que se utilizan en su mayoría para alimentación animal y no para población empobrecida.

Por otro lado, advierte de que las multinacionales reclaman que el algodón transgénico ha supuesto un gran impulso para los rendimientos del algodón, contribuyendo a aliviar la pobreza entre los campesinos, pese a que estos incrementos en el rendimiento se deben a las condiciones climáticas favorables, la introducción de regadío y la compra de semillas mejoradas que no están modificadas genéticamente. Además, señala que en bastantes países, los campesinos que pagaron el coste adicional de las semillas transgénicas terminaron gastando el mismo dinero en insecticidas químicos que los campesinos que habían plantado algodón convencional.

Finalmente, el informe indica que menos del 2 por ciento de la superficie total de maíz cultivada en la UE está modificado genéticamente y cinco países han prohibido ya este maíz de Monsanto por las cada vez mayores evidencias sobre su impacto ambiental.

viernes, 1 de febrero de 2008

LOS ÁRBOLES TRANSGÉNICOS

LOS ÁRBOLES TRANSGÉNICOS


Los peligros que plantean los árboles transgénicos son en cierto modo más graves que los presentados por los cultivos de ese tipo.




Esto ya que los árboles viven más tiempo que los cultivos agrícolas, y esto significa que puede haber cambios no previstos en su metabolismo muchos años después de haber sido plantados.

Hasta ahora el debate sobre los organismos genéticamente modificados –también llamados transgénicos- se ha centrado principalmente en los cultivos agrícolas y sólo en menor medida en los árboles genéticamente modificados. Esto es comprensible, dado que ya se están sembrando comercialmente cultivos transgénicos –por ejemplo maíz y soja- que están destinados a alimentar directa o indirectamente a los seres humanos, lo que constituye una amenaza potencial para su salud.

Sin embargo, el hecho de que no se coman, no significa que los árboles transgénicos sean menos peligrosos. Por el contrario, los peligros que plantean los árboles transgénicos son en cierto modo más graves que los presentados por los cultivos de ese tipo, ya que los árboles viven más tiempo que los cultivos agrícolas, y esto significa que puede haber cambios no previstos en su metabolismo muchos años después de haber sido plantados.

Por ejemplo, ya se está trabajando en árboles manipulados genéticamente para que no florezcan, con el supuesto objetivo de evitar la posible contaminación de árboles naturales con el polen de transgénicos. El problema es que nadie puede asegurar que, 20 o 30 años después de plantados, uno de entre los miles o millones de árboles transgénicos no pueda florecer y contaminar a los árboles normales de la misma especie, volviendo a su descendencia estéril. El impacto que ello significaría sobre esa especie y sobre el bosque en su conjunto podría ser devastador.

Por otro lado, el polen de los árboles puede ser llevado por el viento a enormes distancias. Ello significa que los árboles transgénicos pueden fácilmente contaminar con su polen a árboles localizados a gran distancia y generar así graves impactos sobre los bosques. Por ejemplo, un pino radiata transgénico resistente al ataque de insectos plantado en Chile puede a la larga contaminar a los pinos de esa misma especie en su lugar de origen en los EEUU, pudiendo exterminar a una amplia gama de insectos y generar graves impactos sobre las cadenas alimenticias vinculadas a los mismos.

En el caso de sauces y álamos, es conocida la capacidad de cruzamiento de distintas especies entre sí, por lo que una especie manipulada genéticamente podría contaminar a muchas otras especies y transmitirles características indeseables del punto de vista del funcionamiento de los ecosistemas.

A pesar de las incertidumbres y de los riesgos potenciales, los científicos continúan jugando con los genes para “mejorar” los árboles. Por supuesto que lo que en realidad hacen es cambiar algunas de las características de los árboles para servir mejor los intereses de quienes financian su investigación –en particular grandes empresas vinculadas al sector forestal- de modo de mejorar la rentabilidad de los negocios involucrados.

Pero desde una perspectiva biológica no hay mejora alguna. ¿Es un árbol con menos lignina mejor o peor que uno normal? Es claramente peor, dada la pérdida de fuerza estructural resultante, que lo hace susceptible de sufrir serios daños durante las tormentas de viento.

¿Es una “mejora” un árbol resistente a herbicidas? No lo es, porque permite la fumigación extensiva de herbicidas, que afecta el suelo donde está el árbol, al mismo tiempo que destruye la flora local y repercute sobre la vida silvestre y la salud de la gente. ¿Qué utilidad puede tener un árbol sin flores, sin frutos y sin semillas para los seres vivos, incluyendo al ser humano? No proporcionará alimento a numerosas especies de insectos –entre los que se cuentan las abejas productoras de miel- pájaros y otras especies que dependen de las mismas para alimentarse. ¿Es una mejora un árbol con propiedades insecticidas? Es un peligro para muchas especies de insectos que a su vez son parte de cadenas alimenticias mayores.

Desde una perspectiva socioambiental, los árboles transgénicos son un paso muy peligroso y es preciso analizar quienes los están impulsando y para qué. En ese sentido, la industria forestal ha sido históricamente la más interesada en adecuar los bosques - percibidos desde su visión empresarial como “desordenados” y “poco productivos”- a sus intereses comerciales. Se asignó entonces a científicos y técnicos forestales la tarea de “mejorarlos”.

La respuesta fue establecer plantaciones de una sola especie en filas rectas equidistantes para así obtener la mayor cantidad posible de madera por hectárea. De ese modo los bosques y praderas comenzaron a ser progresivamente destruidos y reemplazados por monocultivos productores exclusivamente de madera.

Pero eso no fue suficiente y los forestales tomaron diferentes medidas para “mejorar” esos monocultivos. El primer paso fue investigar cuáles eran los árboles más apropiados para cada país y para cada ambiente y seleccionar los que presentaran mejores cualidades para el propósito buscado: la producción de madera para la industria. La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) tuvo un papel central a este respecto, en primer lugar definiendo a estos monocultivos como “bosques” y fundamentando la necesidad de promover la plantación de tales “bosques” en los países del Sur. Pero el papel de la FAO no se limitó a eso, sino que promovió la investigación sobre especies que consideró aptas para la plantación -en particular de eucaliptos- y fue uno de los principales vehículos para convencer a los gobiernos sobre la conveniencia de promover este tipo de plantaciones en sus países.

A partir de los resultados de las primeras plantaciones se fueron luego seleccionando las especies más aptas, teniendo sobre todo en cuenta rápido crecimiento, troncos rectos, pocas y delgadas ramas y madera adecuada para la industria.

El segundo paso supuso la adopción gradual de todo el paquete de la Revolución Verde, también respaldado por la FAO: creciente mecanización de las tareas forestales, aplicación de fertilizantes químicos, agrotóxicos para combatir las plagas y herbicidas para evitar la competencia de otras plantas con los árboles plantados.

La etapa siguiente fue la selección genética tradicional para “mejorar” el desempeño de las plantaciones en términos de rendimiento de madera, a la que pronto siguió la hibridación y clonación de los “mejores” árboles. Desde esa perspectiva reducionista, obviamente la siguiente etapa era modificar los árboles genéticamente.

Es importante señalar que la implantación de ese modelo crecientemente artificializado de plantaciones de árboles de rápido crecimiento a gran escala ha sido acompañado por la oposición cada vez más fuerte y extendida de las comunidades locales que resultaban afectadas por el mismo a causa de sus graves impactos sociales y ambientales.

Sin embargo, a pesar de dicha oposición y pese a los peligros potenciales resultante de la manipulación genética de árboles, los científicos siguen adelante en sus investigaciones, no sólo en el laboratorio y a nivel de ensayos controlados sino también en el campo, como ilustra el caso de China, donde ya se ha plantado bastante más de un millón de álamos transgénicos resistentes a insectos mediante la inserción de genes de una bacteria (Bacillus thuringiensis).

Pero la investigación no se limita a álamos, sino a una gran cantidad de especies (sauces, olmos, abetos, nogales, etc.), entre las que, como no podía ser de otra manera, se encuentran los favoritos de las empresas papeleras: eucaliptos y pinos.

Ello no es casual, porque precisamente la industria de la pulpa y el papel es una de las principales interesadas –y financiadoras- de la investigación en árboles transgénicos y aspira a sustituir sus actuales plantaciones de árboles “normales” –si es que las actuales plantaciones se pueden catalogar como “normales- con árboles transgénicos clonados que:

- crezcan más rápido
- contentan más celulosa y menos lignina
- sean resistentes a herbicidas
- sean resistentes al ataque de insectos y hongos
- sean resistentes a la sequía y las bajas temperaturas
- no florezcan

Al mismo tiempo, la industria de la celulosa –al igual que el sector de los combustibles- está también investigando las posibilidades de la manipulación genética de árboles y enzimas para la conversión de la celulosa en un combustible líquido -el etanol- que podría ser utilizado para sustituir el petróleo en el transporte. Ello podría resultar en la instalación de enormes plantaciones de árboles transgénicos –álamos, sauce, eucaliptos y otros- cuya madera sería transformada en celulosa y ésta a su vez convertida –con la ayuda de enzimas también transgénicas- en etanol.

La manipulación genética de árboles con esos y otros objetivos se está llevando a cabo en numerosos países industrializados, tales como Alemania, Australia, Canadá, China, España, Estados Unidos, Finlandia, Inglaterra, Japón, Nueva Zelandia, Portugal y Suecia. En América Latina, Brasil y Chile son los países que están más involucrados en este tema.

En el caso de Brasil, la investigación se ha centrado en el eucalipto y ya se han autorizado –con ciertas limitaciones- ensayos de campo con árboles genéticamente modificados de esa especie. En este caso, el objetivo central es el de proporcionar más, más barata y mejor materia prima para la industria de la celulosa para exportación. Es así que las características más buscadas son: rápido crecimiento, mayor porcentaje de celulosa y tolerancia al herbicida glifosato.

En Chile, la investigación apunta a resolver dos problemas que afectan a las grandes empresas del sector forestal de ese país. Por un lado, manipular pinos para volverlos resistentes a un insecto que está atacando a las plantaciones (la polilla del brote). Por otro lado, modificar genéticamente a eucaliptos para hacerlos más resistentes al frío y poder así entonces extender las plantaciones –que están siendo activamente resistidas por los Mapuche- más hacia el sur del país y más arriba en la cordillera.

Sin embargo, es importante señalar que todas esas investigaciones, tanto dentro como fuera de la región nos conciernen a todos, ya que los árboles que hoy están siendo manipulados en Nueva Zelanda o en Chile o en cualquier otro país pueden ser pronto los árboles que se planten en Uruguay, o Colombia, o Sudáfrica o Indonesia.

Es importante que todos sepan que plantaciones de árboles transgénicos no harán más que exacerbar todos los impactos de los monocultivos actuales. En efecto, árboles de crecimiento más rápido agotarán el agua más rápidamente; habrá una mayor destrucción de la biodiversidad en los desiertos biológicos de árboles modificados para ser resistentes a insectos y no tener flores, frutos ni semillas; se destruirá el suelo a un ritmo mayor mediante el aumento de la extracción de biomasa, la mecanización intensiva eliminará aún más empleos y el aumento del uso de agrotóxicos afectará la salud de la gente y de los ecosistemas y se quitará el sustento a más comunidades que serán desplazadas para hacer lugar a todavía más “desiertos verdes”.

Es por ello fundamental que todas las organizaciones y comunidades que hoy se oponen a la expansión de los monocultivos de árboles se incorporen a la lucha contra los árboles transgénicos para evitar que esa amenaza se convierta en realidad. En ese sentido, una serie de organizaciones han iniciado una campaña internacional para la prohibición de la liberación de árboles transgénicos, a la que se pueden incorporar tod@s quienes se interesen en esta actividad. www.ecoportal.net

Más información en:

Movimiento Mundial por los Bosques - Hemisferio Sur
http://www.wrm.org.uy
Global Justice Ecology Project
STOP GE Trees Campaign - Hemisferio Norte
http://www.stopgetrees.org/
Se puede acceder a este documento en formato pdf en: http://www.wrm.org.uy/temas/AGM/documento_AGM.pdf
A quienes tengan interés en obtener más información sobre árboles transgénicos, les informamos que el WRM ha publicado un libro, un boletín especial y una serie de artículos sobre este tema. Todo ello está disponible en nuestra página en:

http://www.wrm.org.uy/temas/biotecnologia.html
Además, en esa sección también es posible acceder a un video (en inglés) y a más información relevante sobre la materia.

|| Fuente: Movimiento Mundial por los Bosques - Hemisferio Sur

lunes, 14 de enero de 2008

La UE revisará su política sobre biocombustibles por los perjuicios que ocasionan

El cultivo extensivo de plantas para producir biocarburantes contribuye a la deforestación y hace aumentar los precios de los alimentos

La Unión Europea se está replanteando su política sobre biocombustibles después de admitir que no previó las consecuencias medioambientales y económicas negativas que se derivan del cultivo extensivo de plantas para producir carburantes. El objetivo de la UE estaba fijado en lograr que en 2010 el uso de biocombustibles en el transporte alcanzase el 10% en 2010, pero ahora habrá que revisar este objetivo.


Los países pobres de la UE podrán contaminar más que los ricos


El comisario europeo de Medio Ambiente, Stavros Dimas, ha reconocido esta mañana que la UE no previó los problemas que puede ocasionar la política de alcanzar ese porcentaje. Recientes estudios han demostrado que el cultivo extensivo de plantas -cereales, principalmente- para producir combustible contribuye al aumento del precio de los cereales y a la destrucción de bosques para conseguir superficies dedicadas al cultivo.

Por ello, Dimas ha prometido que la UE ofrecerá una nueva política para asegurarse que sus objetivos no sean más perjudiciales que beneficiosos. Para Dimas, es preferible no llegar a ese objetivo que alcanzarlo perjudicando a los más pobres o al medio ambiente.

Hace un par de años, los biocombustibles parecían la salida a la dependencia de los carburantes fósiles y al exceso de emisiones de CO2. Por un lado, no hay que modificar los motores de los coches y por otro, las plantas usadas para producir combustible absorben durante su crecimiento el CO2 que luego emiten en su combustión, por lo que se les considera combustibles neutros. Sobre estas premisas, la UE fijó su política al respecto.

No obstante, desde entonces se han realizado estudios que advierten que algunos biocombustibles apenas contribuyen a recortar las emisiones mientras que su producción puede suponer la destrucción de masas boscosas para conseguir campos de cultivo, hacen aumentar los precios de los alimentos, entre otras cosas.

"Hemos visto que los problemas medioambientales causados por los biocombustibles y los problemas sociales que provocan son mayors de lo que creíamos, así que nos actuaremos con más cuidado", ha dicho Dimas a la BBC. En concreto, ha dicho que la UE propondrá un proyecto de certificación de los biocombustibles para asegurar que no proceden de explotaciones perjudiciales, y medidas drásticas contra el carburante procedente del aceite de palma, que provoca la deforestación en Indonesia.

miércoles, 12 de diciembre de 2007

Pocos creen en los biocombustibles

Pocos creen en los biocombustibles
María Elena Navas
BBC Ciencia



A pesar de las críticas, Estados Unidos y Europa apoyan el uso de biocombustibles.
Los biocombustibles son la opción menos favorecida por los expertos para combatir el cambio climático.
Esa es la opinión de más de mil científicos y delegados de 105 países reunidos en la conferencia de Naciones Unidas sobre cambio climático en Bali, Indonesia.

Entre 18 tecnologías para reducir las emisiones de dióxido de carbono en los próximos 25 años, los combustibles producidos a partir de cosechas agrícolas son los de menor potencial.

La tecnología más favorecida por los especialistas es la energía solar.

La encuesta, dada a conocer en Bali, fue llevada a cabo por la organización ecologista Unión Mundial para la Conservación (IUCN en sus siglas en inglés) y el Banco Mundial.

El documento revela también que los expertos piden dar un mayor énfasis a la protección de la biodiversidad.

"Esta es la primera encuesta de varias que seguiremos haciendo durante los próximos dos años", dijo a BBC Ciencia Julia Marton-Lefèvre, directora general del IUCN.

"Y los resultados revelan que para los expertos, el desarrollo sostenible y la biodiversidad son factores de gran importancia en la lucha contra el cambio climático".

"Esto demuestra que las creencias no siempre se reflejan en las negociaciones", afirma la funcionaria.


Tecnología

Se espera que en la conferencia sobre cambio climático la comunidad internacional se comprometa a un nuevo plan de dos años que conduzca a mayores reducciones de emisiones de gases de efecto invernadero.

Éste sería puesto en vigor cuando el actual Protocolo de Kyoto expire en 2012.

Tal como afirman los expertos, la base de este nuevo compromiso y la respuesta del mundo al cambio climático será la tecnología.

Pero hasta ahora, nadie sabe con certeza cuál tecnología se debe adoptar.


La tecnología más favorecida por los expertos es la solar.
Es por eso que la IUCN preguntó a los más de 1.000 científicos, representantes de gobierno y organizaciones no gubernamentales reunidos en Bali, cuál es la tecnología en la que más confían.

De las 18 tecnologías propuestas por la IUCN, la actual generación de biocombustibles quedó en el último lugar de la lista.

Sólo 21% de los expertos cree que estos combustibles "tienen potencial para disminuir los niveles de carbono en la atmósfera sin efectos secundarios inaceptables en los próximos 25 años".

Un 40% cree en el potencial de la energía nuclear de próxima generación, que actualmente está en desarrollo.

Y la energía solar para agua caliente y electricidad es la tecnología sostenible más favorecida, con el voto de 74% de los expertos.

Más estudio

"Necesitamos estudiar más cómo usar los biocombustibles", afirma la funcionaria del IUCN.

"Porque ya se ha visto que no podemos utilizar biocombustibles sin pensar en las necesidades de los más pobres y su acceso a la tierra", agrega.

Los expertos creen en general que mejorar el uso eficiente de energía y reducir la demanda podría producir más beneficios que las fuentes "limpias" de energía.

La encuesta contradice los esfuerzos de la Unión Europea y Estados Unidos que intentan aumentar el uso de biocombustibles.

No podemos utilizar biocombustibles sin pensar en las necesidades de los más pobres y su acceso a la tierra

Julia Marton-Lefèvre, directora general del IUCN
La evidencia científica reciente afirma sin embargo que éstos sólo podrán producir ahorros meramente marginales comparados con el combustible convencional y el diesel.

Y como ha quedado demostrado en Indonesia, se están talando bosques para cultivo de aceite de palma para la producción de biocombustibles.

Según los científicos, la evidencia muestra que dejar a los bosques intactos resulta en mayores beneficios y al mismo tiempo se protege a la biodiversidad.

"Un gran problema que tenemos es que en las negociaciones sobre cambio climático nunca hablamos de biodiversidad" afirma Julia Marton-Lefèvre.

"Pero esta encuesta demuestra que para los expertos la protección de la biodiversidad debe guiar los esfuerzos para combatir el cambio climático", señala.


Poca fe

Quizás la respuesta más reveladora de la encuesta es que a pesar de que los expertos afirman que el cambio climático es el factor determinante de sus actividades profesionales, sólo 27% cree que es probable lograr un acuerdo para el 2009.

Sobre los posibles componentes de un acuerdo global post Protocolo de Kyoto en el 2012, una gran mayoría (92%) favorece la inclusión de todos los principales países emisores de carbono en el mundo.


La conferencia intenta lanzar un plan de dos años para reducir más las emisiones.
Asimismo, 84% de los encuestados cree que los países ricos deben comprometerse a ofrecer ayuda para transferencia de tecnología a los países en desarrollo para que éstos puedan cumplir sus metas.

77% cree que esas metas deben ser obligatorias y 76% cree que debe haber diversos tipos de compromiso dependiendo del nivel de desarrollo de cada país.

En la conferencia se está discutiendo una reducción de emisiones de entre 25 y 40% para el 2020.

Es una opción que apoya la Unión Europea, pero Estados Unidos, Australia, Canadá y Japón se oponen a la inclusión de metas concretas.

Quizás por eso, hay pocas esperanzas de que pueda lograrse un consenso en los próximos tres días.

"Sin duda los acuerdos que logremos ahora serán los más importantes y para eso todos esperamos las elecciones en Estados Unidos", dice Julia Marton-Lefèvre.

"Porque todos sabemos que sin el compromiso de Estados Unidos no podemos hacer mucho cuando hablamos de un sistema global de reducción de emisiones".

jueves, 29 de noviembre de 2007

El Uso del carbón contaminante sube dramaticamente

Coal Use Rises Dramatically Despite Impacts on Climate and Health

In 2006, coal accounted for 25 percent of world primary energy supply.1 (See Figure 1.) Due to its high carbon content, coal was responsible for approximately 40 percent of the carbon dioxide (CO2) emissions from fossil fuels, despite supplying only 32 percent of fossil fuel energy.2 Management of this plentiful but heavily polluting energy resource has tremendous implications for human welfare, the health of ecosystems, and the stability of the global climate.

World coal consumption reached a record 3,090 million tons of oil equivalent (Mtoe) in 2006, an increase of 4.5 percent over 2005.3 (See Figure 2.) China led world coal use with 39 percent of the total. The United States followed with 18 percent. The European Union and India accounted for 10 percent and 8 percent, respectively.4 (See Figure 3.)

In terms of growth, China is even more dominant. The increase in China's coal consumption accounted for more than 70 percent of global growth in 2006 and more than 60 percent of the increase in world coal use over the past decade. India, responsible for just over 10 percent of the growth in the last 10 years, ranks a distant second.5

According to preliminary data, five new coalfired generators with a combined capacity of 600 megawatts came online in the United States in 2006, while India added 930 megawatts of capacity.6 In startling contrast, China brought online about as much coal power capacity each week as the United States and India together did over the entire year, adding an unprecedented 90 gigawatts in 2006.7 Several studies have highlighted the uncertainty of China's energy statistics, however.8 For example, some of the capacity reportedly added is likely to have been unauthorized projects completed earlier that were retroactively approved in 2006.9 Nonetheless, the magnitude and trend of China's capacity additions and associated appetite for energy from coal are certain.

Worldwide, the extraction and combustion of coal have severe health and environmental impacts. In the United States, 47 workers were killed in coal mine accidents in 2006, while China's State Work Safety Supervision Administration reported a staggering 4,746 deaths.10 And the pollution emitted by coal-burning power plants and factories affects the health of millions of people. A recent World Bank study identified coal combustion as China's largest source of outdoor air pollution, to which it attributed 350,000–400,000 premature deaths a year.11 Though these numbers were censored by Chinese authorities, at other times officials have acknowledged that coal power plants often do not comply with environmental regulations.12

Even in the United States, which is far ahead of China in terms of pollution control, the struggle to control hazardous emissions from coal power plants continues. In October, American Electric Power agreed to a record environmental enforcement settlement that requires the company to reduce annual sulfur dioxide and nitrogen oxide emissions by over 800,000 tons. The resulting improvement to air quality is expected to produce health benefits worth $32 billion per year.13

The longevity of coal-fired power plants and the abundance of coal suggest that decisions on new capacity made today will have enduring consequences. The average age of currently operating U.S. plants is 47 years, indicating that plants built today are likely to remain in operation for many decades.14 Coal's abundance is apparent in reserve-to-production ratios, which based on current extraction rates exceed 200 years in the United States and India.15 The figure in China is roughly 50–70 years, with an estimated total coal resource that allows room for plenty of reserve growth.16

Recent forecasts of world coal consumption in 2050 range from 2,900 Mtoe in a scenario published by the International Energy Agency (IEA), which assumes adoption of a stringent, worldwide carbon policy, to 10,700 Mtoe in a business-as-usual scenario published by the Massachusetts Institute of Technology (MIT).17 Meeting any climate stabilization target will require control of coal emissions.18 Nicholas Stern, who led an influential study on the economics of climate change, says that "unless we get coal under control, we're not going to be able to solve this problem."19 After reaching this same conclusion, numerous studies identify carbon capture and sequestration (CCS) as a way to reconcile coals importance as an energy resource with its role as a major contributor of CO2 emissions.20

Carbon capture and sequestration from a coal-fired power plant involves four key steps: isolate a relatively pure stream of CO2 from the combustion source, pressurize the captured gas and transport to the storage site, inject the CO2 into the storage reservoir, and monitor the storage reservoir for stability and leakage.21 Each of these steps is already used in some commercial applications, mostly in oil and natural gas production and processing operations.

One project stands out for having successfully integrated all four steps, albeit not on a power plant. The Great Plains Synfuels plant in North Dakota produces synthetic natural gas from lignite coal. Since 2000, the facility also captures CO2 from the "synthesis gas," an intermediate product, compresses that CO2, and transports it 300 kilometers by pipeline to the Weyburn oil field. There the flow of CO2, currently about 8,000 tons per day, is injected into the oil field to enhance oil production. A measurement study headed by the IEA concluded that the CO2 injected at Weyburn will be sequestered there for thousands of years.22

The overall climate benefit of this particular project is marred by the fact that the extra oil production it enables, an estimated 130 million barrels, will itself release over 50 million tons of carbon dioxide when burned.23 Future CCS aquifers rather than active oil fields in order to provide the scale of benefit required. The technology needed is not significantly different, but the project economics are currently much more challenging.

With the technical feasibility of CCS largely proved by Great Plains Synfuels and other demonstration projects, cost is the largest single factor preventing the deployment of this technology. Initial interest focused on applying CCS to advanced power plants known as an integrated gasification combined-cycle (IGCC) plants in anticipation of a lower overall project cost. An IGCC plant converts solid coal into a synthetic gas, from which CO2 can be more easily extracted, and then uses that gas to produce electricity with relatively high efficiency. It is estimated that electricity produced by an IGCC power plant equipped with carbon capture will cost 35 percent more than electricity from a conventional plant. Adding CCS to a conventional power plant could increase the cost of electricity by upwards of 60 percent.24 Transport, injection, and monitoring of the CO2 will push these price premiums even higher. Thus without a sizable cost applied to carbon emissions, CCS is prohibitively expensive.

At present, cost estimates for coal-fired power plants equipped with CCS include a high degree of uncertainty, however. If and when the various CCS processes are commercialized, the technology that offers the lowest cost option will almost certainly vary from one project to the next, depending on many factors, including the quality of coal and whether the plant is new construction or a retrofit.25

Numerous research and development projects are working to reduce costs, and demonstration projects have been proposed in Europe, North America, Australia, and China.26 The U.S. Department of Energy suggests that large-scale units may be completed around 2020, but an MIT study published this year finds current programs to commercialize carbon sequestration to be "completely inadequate," highlighting the need for further demonstration "at-scale" and advanced measurement, monitoring, and verification of storage.27 Pilot operations scheduled to come online in 2007/08 may validate certain capture technologies, but the most aggressive proposals for at-scale applications of integrated CCS to coal-fired power plants target 2011/12.28 In the meantime, each new coal plant will be a major source of additional CO2 emissions.

Growing acknowledgement of the climate, health, and environmental consequences of coal use have led to mounting political opposition to new coal plants in the United States and Europe. A European Union commitment to reduce CO2 emissions at least 20 percent by 2020 presents a formidable obstacle to any new coal power there that does not incorporate CCS.29 Though a similar U.S. commitment has not been made, Senate majority leader Harry Reid recently took a stand against new coal power plants, and the state of California effectively banned state utilities from building new plants without CCS.30 In mid-2007, the uncertain outlook for coal power resulting from burgeoning anti-coal activism was cited by Citigroup analysts in their decision to downgrade the stocks of all coal companies.31

On a global scale, the declining fortune of coal in industrial countries is overshadowed by its dominance in the energy mix of large developing economies. In China and India, coal maintains a preeminent role in plans to meet sustained, rapid growth of energy demand.32 A true reconciliation of the coal resource and the climate risk that it presents must soon confront coal power on its new home turf.